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Wed, Oct

Sobre la querella al Juez que autorizó el cambio de sexo y nombre a una menor de 5 años...

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Señor director,

Sobre la querella al Juez que autorizó el cambio de sexo y nombre a una menor de 5 años, quisiera preguntar al abogado de la ONG Comunidad y Justicia si conoce la historia y el proceso de esta niña? Si habló con sus padres o con sus psicólogos para cuestionar la decisión tomada por el Juez y la de sus propios padres?
 
La estadística que menciona tanto él como la diputada Rysselberghe y muchos otros de que entre el 80% y 95% "resuelven la confusión de su identidad de forma coherente con su sexo durante la pubertad y adolescencia" me parece dudosa y difícil de creer. 
 
Me pregunto ¿dónde están todos eso niños, adolescentes o adultos que la resolvieron y ahora viven felices y plenos, orgullosos de este "problema resuelto"? ¿Dónde están esos niños que a penas hablaron, e incluso antes de eso, manifestaron que su cuerpo y nombre no correspondía con cómo se sentían, fueron consistente durante años con este sentimiento y luego fueron diagnosticados con "disforia de género" (donde el niño sintió angustia y ansiedad al sentirse diferente a como se esperaba que fuera) pero luego, naturalmente y gracias a esta auspiciosa estadística esto se "resolvió" de manera satisfactoria para vivir plenos y felices? ¿Los conocen? ¿Dónde están todas esas personas?
 
Como madre de una niña trans de 8 años y secretaria de una Fundación que apoya y contiene a padres de niños trans puedo decir que no conozco ningún caso así. Pero sí conozco y he vivido de cerca la estadística de que más del 40% de estos niños a la edad de la pubertad y adolescencia atentan contra ellos mismos, ya sea dañándose o intentando suicidarse. Eso sí lo he visto y vivido de cerca.
 
Y como madre prefiero hacerme cargo de esta segunda estadística, que me parece mucho más riesgosa e infinitamente dolorosa, prefiero una hiija trans a un hijo dañado o suicidado.
 
Prefiero darle la posibilidad del cambio (aunque no creo que ocurra), estoy abierta a él y mi hija sabe que puede suceder. Y si ocurre, ahí estaré para ayudarla a llevarlo, procesarlo y vivirlo.
 
¿A quien le hace daño si cambiara? ¿No es más riesgoso obligarla a vivir una doble vida, considerarla enferma mental y hacerla pasar por psicólogos y psicología intentando alinear su cuerpo y su mente (como sugiere el abogado Tomás Henríquez de Comunidad y Justicia), asumiendo que es su cuerpo el "correcto" y es la mente la que tenemos que "alienar"?... cuando todos sabemos que la mente es el órgano más importante del cuerpo y ya psiquiatras y psicólogos han descartado patologías, abusos y otras causales, indicándonos que nuestra hija es absolutamente normal y que su mente está sana.
 
¿No es más riesgoso hacerla enfrentar la pubertad y que pueda "odiar su cuerpo", luego pasar a la adolescencia y que en la experimentación e identificación con sus pares viva una vida marginal, caiga en drogas y alcohol? (si es que no en el suicidio). 
 
¿Y si no cambia, hacerla enfrentar la transición sola, donde solo ella debiera explicar esto que le pasa a sus pares, educadores, amigos y familiares? ¿No es más riesgoso que trate de ser "lo que la sociedad espera de ella", tenga una familia, hijos y luego, en la adultez por fin se atreva a ser quien siempre se ha sentido, y con eso afecte hijos y cónyuges?
 
¿Qué es más riesgoso abogado? ¿Qué es más cómodo para los padres? ¿Qué es más cómodo para la sociedad? ¿Creer que cambiará y su cuerpo y mente se alinearán en algún mágico momento? ¿O escucharla y respetarla en lo que siempre ha dicho que es, creer en el diagnóstico de 1 psiquiatra y 2 psicólogos, quererla y valorarla tal cual es, enseñarle que tiene un cuerpo diferente y que es perfecta como es, que Dios la hizo así y que ella jamás estará sola?
 
Y si cambia ¿Qué daño la hace a nadie? Al menos vivió en la verdad y amándose tal cual es, asumiendo sus diferencias y siendo un aporte para la sociedad: por su valentía y honestidad.
 
Mi pregunta va hacia todos los padres: ¿De qué estadística se harían cargo?
 
María José Amenábar